Los papagayos ¿las aves más inteligentes?

Entre las aves, los psitácidos son considerados, junto con los córvidos, los más inteligentes. Estudios recientes demuestran que la inteligencia de los loros es comparable a la de los mamíferos marinos y la de los primates más encefalizados. Y cabe preguntarse: ¿cómo es esto posible, si el cerebro de un loro mediano es del tamaño de un cacahuete? ¿No se está exagerando?

Los científicos que se dedican al estudio de la inteligencia animal ya lo habían advertido antes, pero especialmente desde que la investigadora Irene M. Pepperberg ha podido demostrarlo con el máximo rigor científico a lo largo de casi tres décadas de trabajo, hay que rendirse ante la evidencia: los papagayos son, en cuanto a capacidad mental, bastante más que unos imitadores graciosos. Psitácidos sometidos a un concienzudo entrenamiento logran alcanzar el máximo nivel cognitivo en las pruebas de inteligencia que se les hace a leones marinos, delfines y chimpancés.
Es realmente extraño porque sus cerebros son distintos. Concretamente, son más pequeños y tienen una corteza mínima, con escasos pliegues, en la que la proporción de conexiones neuronales parece ser bastante menor que la de los grandes mamíferos. Pero las aves poseen estructuras estriadas en las zonas interiores de su cerebro donde se opera el grueso de conexiones neuronales que intervienen en el aprendizaje. Entre todas ellas, el mayor desarrollo de tales estrías cerebrales lo han alcanzado los loros, junto con las aves de la familia de los cuervos.
Los loros forman una familia de aves (más exactamente un orden: psitaciformes) bastante homogénea y muy diferenciada del resto. Se ha dicho que son algo así como «los primates entre las aves». Si le parece extraña esta comparación, recuerde que aves y primates han evolucionado prácticamente en los mismos ecosistemas, y fíjese en estas curiosas similitudes, que son más evidentes todavía entre los loros y los primates de mayor tamaño:
Nacen completamente indefensos, tienen cierto retraso madurativo y una considerable longevidad.
Son generalistas tróficos. Aprovechan una amplia variedad de alimentos: frutas, semillas, hojas, tallos, bayas, insectos, néctar, gusanos y carne.
Son muy sociales, lo que les faculta para el reconocimiento individual y la interacción continua. Se acicalan mutuamente.
Tienen una gran capacidad de aprendizaje, lo que les permite adaptarse a situaciones nuevas.
Son, además, versátiles: aplican lo aprendido en un dominio a otro dominio distinto.
Poseen cierta capacidad de imitación, tanto en sonidos como en lenguaje corporal y destrezas básicas.
Se muestran curiosos y juguetones, incluso cuando son adultos. Les gusta explorar y necesitan vigilar su entorno en previsión de ocasionales               peligros.
Son capaces de usar los pies como manos para coger y manipular objetos con precisión.
Tienen capacidad de orientación espacial y usan pautas (regularidades del entorno) para no perderse en el complejo entorno arbóreo.
Disponen de una buena capacidad fonadora para emitir mensajes vocales.
Parecen tener una gran memoria, lo cual les permite recordar en qué situaciones se encuentran más expuestos a los peligros alimentarios (intoxicación) y a los depredadores.
Son activos, inquietos, nerviosos, y deben tomar decisiones continuamente. Deben, incluso, elegir entre aquellos estímulos que hay que  ignorar y aquellos a los que hay que atender porque les resulta útil procesarlos mentalmente (esto es, jerarquizan el aprendizaje).

Esta comparación entre psitácidos y primates nos puede dar una pista de por qué los loros son inteligentes. Las razones por las que los loros han adquirido las herramientas mentales con que dominan su entorno son las mismas que las que explican la inteligencia de los monos. Quizá la clave reside en que ambos, a pesar de sus diferencias, han evolucionado explotando un nicho ecológico que guarda grandes similitudes.
No olvidemos que nosotros, los seres humanos, somos también primates. La inteligencia humana y la de un loro no son realidades imponderables, y la prueba de ello es que loros-mascota y humanos nos podemos llegar a entender bastante bien.

Es absurdo comparar la inteligencia de los loros a la de un niño de determinada edad

Sin embargo, cuando se dice que las habilidades cognitivas de un loro pueden equipararse a las de un niño de cinco años no sólo se está cometiendo una exageración, sino que se está incurriendo en una comparación absurda. Igual de incorrecto es decir que un mono capuchino o un tití adulto tienen la inteligencia de un niño de cuatro años; y es que no deja de ser un despropósito muy propio de nuestra especie valorar la inteligencia de otras mentes en función de si se parecen a la nuestra. Nos cuesta aceptar que ellos tienen otras aptitudes cognitivas en las que nos superan ampliamente. Y como a pesar de todo nos creemos muy superiores, los relegamos al nivel de los niños pensando que quizá sus mentes se han quedado en una fase muy primitiva de desarrollo. Nada más lejos de la realidad. La inteligencia que tienen los animales no humanos es, ni más ni menos, la que han necesitado a lo largo de su historia evolutiva para sobrevivir en su medio. No necesitan más que la que tienen.

Los seres humanos tendemos a oyorgar a los animales atributos humanos

El problema es que los seres humanos tendemos a antropomorfizar. Quiere decir esto que nos relacionamos con los animales que viven en nuestro entorno, y que se comunican a su manera con nosotros (las mascotas, señaladamente), como si fueran personas. Antropomorfizamos, por ejemplo, creyendo que tienen conciencia de sí mismos, intencionalidad consciente, empatía psicológica, cierto sentido moral y otros más atributos que les otorgamos sin que haya sido en absoluto demostrado que los poseen. Lo más curioso de esto es que los animales bien socializados -un caballo, un perro o un loro- parecen creerse que nosotros somos también caballos, perros o loros, aunque presentemos un aspecto tan diferente al suyo. Hay, por eso, una doble confusión: nosotros los identificamos como psicológicamente iguales y ellos hacen otro tanto con nosotros. El dueño de un loro ocupa en su mente el papel de líder de su bandada. Esto puede ser muy estimulante para la receptiva mente del loro cautivo. Los humanos hacemos tantas cosas variadas, sorprendentes y divertidas, tenemos tantos objetos y distracciones alrededor, tanta comida y tantos recursos, que realmente los loros pueden llegar a sentirse fascinados por sus carismáticos líderes, incluso pueden llegar a «enamorarse» de ellos. Más de un papagayo ha resultado incapacitado para la reproducción debido a esta artificial identificación con las personas.
No decepcionar la expectativa que la inteligencia del loro deposita en sus dueños puede ser el más importante incentivo que tenemos para seguir cuidándolos. No nos limitemos a mantenerlos. Se trata también de entretener sus mentes activas. Y así, de paso, alimentamos con un buen estímulo las nuestras.

Autor: Francisco Lapuerta