Con este artículo queremos rendir homenaje a un hombre, que hace algunos años nos dejó, pero que permanece en la memoria de aquellos que tuvimos la fortuna de conocerle y tratarle: Erich Schwarzenwälder. Erich junto a su esposa Ingrid dedicó su vida a la reproducción y cuidado de un grupo de loros grises y diferentes tipos de aras, a los que mantenía como si fueran un miembro más de la familia. Quién posee y cría loros puede narrar, con el paso de los años, numerosas anécdotas curiosas e interesantes y también experiencias trágicas relacionadas con estos inteligentes pájaros. Estas son algunas de las increíbles aventuras vividas por los loros de Erich.

 

 sArticle-20111025211418-55 Pájaros con carácter Pájaros con carácter sArticle 20111025211418 55

Entre las diez y las once de la mañana se escucha en casa: “¡Ingrid, ven, el café está listo!”Quién dice esto cada mañana es “Minnie”, un loro gris de unos dos años de edad criado por nosotros. Mi mujer le responde con un cariñoso: “Buenos días”. Minnie nos recuerda con esta frase nuestro ritmo diario habitual y espera, claro está, una rápida respuesta a sus certeras afirmaciones.

Esta escena matinal es una de las muchas que vivimos a lo largo del día con nuestros loros y que hacen la convivencia con estos animales realmente variada. Se producen también acontecimientos motivados por la situación, que superan la simple repetición de frases hechas, que requieren un proceso de comprensión inteligente.

 

En una ocasión intentamos juntar a una pareja de Loros del Senegal con otra de loros grises en una pajarera. El loro gris macho fue directo a atacar a uno de los Yu-yus causándole una lesión en la pata. Cogimos a la pareja de Loros del Senegal y los pusimos en una jaula dentro del comedor, dado que el herido a penas podía sostenerse sobre la pata sana. El ave herida se apoyó contra la reja y su compañero se metió bajo su ala para ayudarle a sostenerse. Esto se repitió durante varios días, hasta que el herido se restableció.

 

Pedro, nuestro primer Ara ararauna, nos demostró de forma pragmática su inteligencia. Una tarde de verano gritó repetidas veces “Pedro agua, Pedro agua”. Aquellos penetrantes gritos no cesaban. Cuando revisé la jaula entendí el motivo de los chillidos: el bebedero de Pedro estaba vacío.

 

Penas amorosas

En una ocasión acogimos un Ara ararauna del Zoo de Barcelona con el fin de proporcionarle una pareja a Pedro. El pájaro tenía los extremos de las alas amputadas, práctica habitual hace algún tiempo. Por desgracia nadie nos haba informado que “Pablo” -así lo llamamos- sufría epilepsia. De vez en cuando sufría un ataque y se caía de la percha. Sobre nuestro regazo se recuperaba del susto. Cuando los ataques se hicieron mas frecuentes no pudimos seguir responsabilizándonos de él. El conservador del zoo vino inmediatamente para recoger a Pablo. En cuanto entró en el jardín, Pedro empezó a gritar: “Pablo, Pablo”, y a erizar sus plumas, como si presintiera lo que iba a suceder. Pedro, un animal que entonces era todavía tan manso que subía a la mano, defendía a su compañero con una agresividad poco corriente. Cuando se quedó solo, dejó de comer durante algunos días y permaneció allí sentado sobre su percha, apático, llamando a su perdido compañero.

En cuanto a presentimientos, hay que añadir lo siguiente: nuestros pájaros están acostumbrados a las visitas y no reaccionan de forma alterada. Los jóvenes (loros grises y aras) son mansos e incluso en presencia de otras personas se posan sobre nuestros brazos y hombros. La cosa cambia, si la persona que nos visita, lo hace con el propósito de recoger a uno de los pájaros. Los animales se muestran sobresaltados y la tarea de coger a alguno de ellos se hace muy difícil. Reaccionan como si supieran que en la habitación de al lado, oculta para ellos, hay una caja para transportarles. En estas ocasiones tenemos que pensar en los gansos de Friburgo, que con sus gritos acompañados por comportamientos anormales, indicaron un inmediato ataque aéreo durante la segunda guerra mundial.

 

Madres emancipadas

En el momento en que escribo este artículo nuestra hembra de loro gris “Hinki” está criando a dos pichones junto con el macho. Se trata de una pareja no consaguínea, criada por nosotros y que incuba perfectamente desde hace años. La hembra se fracturó la pata izquierda mientras se encontraba aún en el nido. Se curó, pero le quedó algo torcida y según el veterinario la corrección no era posible. Cuando los animales tenían entre cuatro y cinco años iniciaron ya la primera incubación y criaron cuatro pequeños loros, ocupándose cada uno de sus obligaciones con naturalidad. Dado que la hembra tenia problemas para alimentar a los pollitos debido a su lesión, cedía de vez en cuando esta tarea a su compañero. Al controlar el nido sorprendimos a éste en ocasiones aguantando a las crías con la pata boca arriba, mientras los alimentaba. En esta última crianza el macho se encargó de incubar la mayor parte del tiempo. De la alimentación de los polluelos, que ya tenían siete semanas cuando observamos esta conducta, se encargaba el macho por completo. A la madre hacía semanas que no la veíamos por el nido. El estado de desarrollo de las crías fue normal.

Cada noche cuando subimos las escaleras nos desean “buenas noches, que durmáis bien” y silban varias veces la melodía de “todos los pájaros ya están aquí”. De vez en cuando la silban los dos juntos, uno empieza y el otro acaba, encajando el cambio perfectamente.

 

Pedro, el técnico

En una ocasión, estando mi mujer sola en casa, se sorprendió cuando de repente oyó que la vieja calculadora de mi despacho se había encendido. El responsable fue Pedro, que se movía libremente por toda la casa. Se había sentado sobre la calculadora encendiéndola . También la lámpara estaba encendida. En el telex, el teclado competo estaba colocado al lado del aparato. Pedro había puesto todas las teclas un al lado de la otra junto a la máquina. No había picado ninguna de las teclas ni tan solo dejó una marca al cogerlas. También nos había ocurrido que al llegar a casa, el loro se había apoderado del colchón del perro, un Schanauzer gigante llamado “Castro”. El perro estaba tumbado sobre el frío suelo al lado de su sitio sin atreverse a echarlo del lugar.

 

Curro, el enamorado

 

En la terraza de un apartamento descubrí a “Curro”, un loro gris en muy malas condiciones que tenia una de las alas sin plumas. Por una propina “lo confisqué”. Cuando se hubo reanimado un poco empezó a cantar alegremente algunas melodías. Nunca he escuchado antes ni después unas melodías tan bonitas. En una visita veterinaria tuve que sujetarle con fuerza mientras el veterinario le medía la fiebre. Al quitarle el termómetro me picó en la mano y saltó sobre el brazo de mi hija Bárbara. Desde ese momento no podía acercarme a Curro. La persona de confianza había pasado a ser Bárbara. En cuanto la veía silbaba arias compuestas por él mismo. Cuando llegaba a casa por la noche empezaba a cantar como si hubiera estado esperando su regreso. Mi hija trabajaba en un programa en la radio y hasta en la radio la reconocía. En cuanto la oía empezaba a cantar y a bailar de alegría.

 

Bueno, he de terminar, porque “Carlitos”, el veterano entre los pájaros ha dicho ya por cuarta vez “tío bueno” y no para de hacer ruidos con la boca. Con esto reclama su galleta de la merienda, la misma que recibe a mediodía y deja caer, pues sabe muy bien lo que quiere a cada hora del día. A mediodía quiere naturalmente un trozo de carne o de patata de mi plato, aunque su manjar favorito es una pasta, por supuesto casera. Su amiga y vecina “Minnie” aprovecha entonces la ocasión para morderme suavemente el dedo, acompañado con el grito “Ayyy!”

 

Autor: Erich Schwarzenwälder