La empatía.

La mejor manera de saber si un animal es consciente de sus procesos mentales es sabiendo si tiene capacidad empática: si tiene la capacidad de entender lo que pasa por la mente de otros, se supone que es porque está capacitado para conocer lo que pasa por su mente. Al fin y al cabo, tener empatía es «ponerse en la mente de otro» o, como se dice habitualmente, «leer la mente». Uno no puede hacer una lectura de la mente de un coespecífico si no puede hacer una lectura de su propia mente.

Pero hay un nivel más básico de empatía que no requiere esta habilidad cognitiva. Es una especie de empatía física, que está muy presente en las aves y mamíferos, y que recibe el nombre de contagio emocional. En aves gregarias, estar bien sincronizado con el resto de la bandada es ventajoso para la supervivencia, no sólo para optimizar el vuelo, sino también para eludir a los depredadores en el momento de alimentarse: si un individuo detecta el peligro, toda la bandada reacciona. Los papagayos, como otras aves, son muy sensibles a los estados de ánimo de otros compañeros de bandada; detectan en sus movimientos si se trata de una señal de alarma.

Por eso a los dueños de loros mascota nos parece a veces que «intuyen nuestro estado de ánimo». Nosotros formamos parte de su bandada, por tanto es comprensible que ellos estén muy pendientes de si nuestras acciones, lenguaje corporal, gestos o palabras son los habituales, los esperables en la vida rutinaria. Si no lo son, se alarman: detectan que algo anormal está pasando o puede pasar de modo inmediato. Su comprensión de nuestros estados de ánimo no requiere una lectura de la mente, sino una sensibilidad muy acusada hacia los indicios ambientales que revelan una situación inhabitual.

En cualquier caso, sigue siendo una incógnita si los papagayos poseen la capacidad de entender que existen otras mentes. Es la controvertida cuestión de la «teoría de la mente». Los psicólogos cognitivos denominan teoría de la mente a la capacidad de un individuo de comprender que los demás tienen mentes distintas a la suya. Para que un papagayo tenga teoría de la mente (o empatía, si nos gusta más) habría de cumplir un triple requisito:
. tiene que poder recordar una experiencia similar a la que le ocurre a otro;
. tiene que ser capaz de «mirar» en el interior de su propia mente;
. y tiene que proyectar su experiencia mental sobre otro sujeto suponiendo que éste está pasando por algo parecido.

No se han hecho experimentos sobre esta cuestión con psitácidos, pero sí con primates. Y quizá éstos puedan algún día aplicarse a los psitácidos. Veamos algunos experimentos realizados sobre autoconsciencia y teoría de la mente (referidos por Eugen Linden en The Parrot’s Lament. And Other True Tales of Animal Intrigue, Intelligent and Ingenuity).

1- David Premack, 1978. Experimento Sally/Ann: con niños:

Un niño ve como Sally entra en la habitación, coge una canica y la mete en una bolsa. Y sale de la habitación. Después viene Ann, saca la canica de la bolsa, la esconde en una caja y se va. Regresa Sally y se le pregunta al niño dónde va a buscar Sally la canica. ¿Sabe que va a ir a buscarla al lugar equivocado (la bolsa)?

2- Daniel Povinelli. Con chimpancés y con macacos rhesus:

Un chimpancé tiene que decidir cuál de las dos personas le puede ayudar mejor a encontrar la comida que previamente les han escondido. Una de las personas estuvo presente en el momento en el que alguien escondía comida en unas cajas que ellos no pueden abrir. La otra no estaba presente. Los chimpancés supieron elegir a la persona adecuada, mientras que los macacos rhesus acudían indistintamente a uno u otro humano. ¿Sabían que en la mente de una persona existía el conocimiento adecuado mientras que en la mente de la otra había un conocimiento inadecuado sobre la ubicación de la comida?

3- Juan Gómez, Zoo de Madrid. Con un orangután:

El orangután TK observaba cómo un cuidador introducía una golosina en una caja y una llave en otra. Luego se iba y regresaba, cogía la llave, abría la caja de la golosina y se la daba. Después de repetir esta operación varias veces, vino otro cuidador y la escondió en una tercera caja. Entonces volvió el primer cuidador y, al verlo, el orangután señaló hacia la caja en la que estaba la llave. ¿Sabía que su cuidador estaba equivocado sobre la ubicación de la llave?

4- Dan Sillito y Rob Shumaker. Con chimpancés:

Una persona escondía comida bajo una de las dos tazas que había. Los chimpancés no podían levantar la taza, pero los cuidadores sí. Entonces los chimpancés acudían a los cuidadores y les guiaban hasta la taza que escondía la comida. ¿Estaban demostrando que sabían que ellos (los cuidadores) ignoraban dónde se encontraba la comida? Lo revelador de este experimento es que los chimpancés no se limitaban a pedir la comida, sino que enseñaban a los cuidadores dónde estaba.

5- Rob Shumaker. Con un orangután:

Un orangután veía una golosina (unas galletas), pero no podía alcanzarla. Rob tampoco podía alcanzarla, pero si el orangután le daba una herramienta, sí lograría hacerlo. Rob les pedía ayuda al orangután y éste cogía la herramienta y se la daba para que pudiera alcanzar la golosina. ¿Sabe el orangután lo que pasa por la mente de Rob cuando le pide ayuda?

6- Otro experimento con chimpancés y monos capuchinos:

Los chimpancés debían elegir cuál de las dos personas tenía que entregarles un vaso de zumo. Una de ellas, el cuidador bueno, derramaba accidentalmente casi todo el contenido del vaso haciéndose el patoso. La otra, el cuidador malo, derramaba intencionadamente la mitad del vaso. Los chimpancés escogían al patoso a pesar de que conseguían menos cantidad de zumo. Sometidos a la misma prueba, los monos capuchinos escogían al cuidador malvado, simplemente porque acababa entregando más comida. Daba la impresión de que los chimpancés, a diferencia de los capuchinos, se daban cuenta del estado mental de los cuidadores.

7- Seyfarth y Cheney con cercopitecos de cara negra:

Un cercopiteco hembra que tenía una cría propia a su cargo, tenía que responder con un chillido ante una amenaza; primero con la cría, después sin ella (y con la certeza de que la cría no se había percatado por sí misma de la presencia de la amenaza). El experimento mostró que no había ninguna diferencia en la llamada de alarma de la madre, con lo que parecía demostrar que la madre no actuaba en función de lo que su cría sabía o ignoraba.

8. Boysen con chimpancés:

El mismo experimento fue repetido por Boysen, esta vez con chimpancés. Los chimpancés se alertaban unos a otros cuando veían a un cuidador entrar en la jaula de uno de ellos con una pistola de anestesia, pero no cuando entraba el cuidador con alimento o con otros objetos inofensivos.

9. Boysen con Sheba y Sarah, dos chimpancés (intelecto contra instinto:

Cuando se le enseñaba a Sheba dos platos de comida, uno con poca cantidad y otro con mucha y se le daba a elegir, después de elegir el más grande éste era entregado a Sarah. Una y otra vez, Sheba elegía el plato más grande, y veía cómo éste era el que le daban los cuidadores a Sarah. Parecía incapaz de comprender que si elegía el más pequeño, se le entregaría a ella el grande. Pero después los entrenadores cambiaron la comida por unas fichas, manteniendo las cantidades igual que antes: en un plato muchas, en otro muy pocas. En este caso, Sheba elegía el más pequeño para que le dieran a ella el más grande. Ante la comida no había sido capaz de reprimir su impulso para razonar, pero ante las fichas sí. ¿Demostraba eso que era capaz de entender lo que pasaba por su mente?

Tener teoría de la mente podría haber resultado muy adaptativo en el curso de la evolución, como sugiere Nicholas Humphrey. Un individuo con teoría de la mente podría, por ejemplo, engañar a otros. Si sabe lo que el otro ignora, será fácil para él hacer lo posible para que siga ignorándolo (por ejemplo, disimular ante la presencia de una fuente limitada de alimento, para que el otro no se percate de que existe y así poder comer sin compartirla). La conducta de simulación y engaño reportaría grandes ventajas; asimismo, podría anticiparse a las intenciones de los demás para que éstos no le engañaran.

No sabemos todavía si para los papagayos en libertad puede ser ventajoso interpretar las intenciones de los miembros de su misma bandada intuyendo qué es lo que pasa por sus mentes en un momento dado. Pero sí podemos saber qué es lo que hacen los papagayos en cautividad con sus bandadas humanas. Aunque mi experiencia es muy limitada en este terreno, creo que hay algo que puede sostenerse al respecto.

Cuando hablan (cuando imitan vocalizaciones humanas), los loros quizá no quieren influir en la mente, sino tal vez únicamente en las acciones de los humanos. Para clarificar esta cuestión, podemos comparar lo que hacen con las palabras los niños que todavía no saben hablar (entre un año, y un año y medio) y lo que hacen con las palabras los papagayos.

Cuando un niño señala un objeto y dice la palabra que lo designa, está probablemente queriendo influir en la mente de sus padres; está demostrando lo que es capaz de hacer para que éstos queden gratamente impresionados y le elogien o sonrían ante su habilidad. ¿Por qué hace esto el niño? Porque ha recibido una transmisión cultural valorativa. Es decir, al niño se le ha educado valorando positivamente determinadas conductas, lo que promueve en él un sentimiento de contentar a los padres insistiendo en esas conductas reforzadas. Esto obedece, sin duda, a una predisposición biológica: las sensaciones de placer o desagrado que condicionan el aprendizaje individual.

En el caso de los loros mascota, cuando emiten «palabras protodeclarativas» (por ejemplo, cuando nombran a las personas por su nombre, o cuando nombran un objeto que está a la vista), ¿lo hacen para «contentarnos», o para demostrarnos todo lo que son capaces de hacer? Esto es, ¿lo hacen para influir en nuestras mentes? ¿O simplemente lo hacen buscando un refuerzo afectivo, un elogio o alabanza? Si lo hacen sólo para llamar nuestra atención y que les hagamos un poco de caso, estarían queriendo influir en nuestros actos, pero no en nuestras mentes. Estarían intentando obtener respuestas por nuestra parte que ellos han asociado a las vocalizaciones.

Yo creo que es difícil saber si un loro puede interpretar nuestra mente, pero podríamos hacernos una idea aproximada sobre su capacidad empática estudiando su comportamiento ante lo que en el contexto humano ellos acaban comprendiendo como acciones buenas o malas. Ya que en nuestros hogares existe la transmisión cultural valorativa, y ésta también la aplicamos a nuestras mascotas, sería interesante ver si ellos pueden reaccionar ante lo que nosotros hacemos ver que es bueno o malo con reacciones que reflejen una comprensión de lo que pasa por nuestras mentes. Por ejemplo, con emociones como la culpa o la vergüenza.

Dicen que los guacamayos se ruborizan mostrando un enrojecimiento de sus mejillas desnudas. Nunca lo he visto, pero intuyo que se trata de una simple señal de excitación, y no de un reflejo de una emoción moral, como puede ser la culpa o la vergüenza. Si alguien tiene un guacamayo y lo ha visto alguna vez sentirse avergonzado, podría intentar elevar su experiencia privada a la categoría de descubrimiento científico. Todos saldríamos ganando.

por Francisco Lapuerta Amigo