¿Es éticamente aceptable tener un loro en casa? Esta es la principal cuestión ética que muchos se planteanLapuerta ¿Es éticamente aceptable tener un loro en casa? ¿Es éticamente aceptable tener un loro en casa? Lapuerta con estos animales: ¿no deberían estar libres en la naturaleza? ¿Por qué condenarlos de por vida a la cautividad, si no son animales domésticos? Es un tema que suelen tener muy claro los dueños de loros; pero otras personas, a veces grandes defensores de estos animales, se lo cuestionan seriamente.

Los loros no son animales domésticos

Para empezar a abordar este controvertido tema conviene establecer una distinción muy clara entre animales domésticos y no domésticos. Los loros, aunque se llevan criando y teniendo como animales de compañía desde hace siglos, no son animales domésticos: no han sufrido un proceso de selección artificial promovido durante generaciones por los criaderos para conseguir ejemplares más dóciles o productivos desde el punto de vista humano. A diferencia de los animales de granja, los papagayos que encontramos en los criaderos actuales son esencialmente los mismos que hay en libertad, aunque son sometidos en ocasiones, desde su mismo nacimiento, a un ambiente modificado que favorece los rasgos que los habilitan como mascotas. Por tanto, la opinión que denuncia la tenencia de animales como loros, tortugas, iguanas, serpientes, hurones o mapaches tiene sentido y merece la pena escucharla. El debate es, sin duda, interesante, y si se realiza con buenos argumentos permite que tanto los detractores como los defensores conozcan mejor la posición del contrario: nunca viene mal un poco de autocrítica.

Generalmente nos movemos entre la utopía y la ingenuidad

Lo que por desgracia ocurre cuando se habla de la relación entre humanos o animales es que los buenos argumentos suelen quedar escondidos tras posturas que juzgo excesivamente radicales, exageradas y absurdas. Las ideas desafortunadas que siempre se ponen en juego pueden clasificarse en dos categorías. O pecan de utópicas (como son casi siempre las de los partidarios de los movimientos de liberación animal), o bien de cándidas (como son a menudo las de los propietarios de animales mascotas, que consideran a sus pequeños como si fueran tan parecidos a los humanos que casi pierden para ellos su condición de animales). Entre el idealismo utópico de los que abogan por «devolver a la naturaleza lo que le hemos arrebatado» y la ingenuidad típica de quienes consideran que «un animal como el mío no podría estar en ningún sitio mejor que en mis manos», yo me sitúo más cerca del segundo extremo que del primero, y diré por qué.

No todas las formas de relación con los animales son éticament reprobable

En primer lugar, pienso que la naturaleza no es algo sagrado que haya que mantener intocado, pues nosotros mismos somos naturaleza y no podemos vivir sin manipular nuestro entorno, sin ponerla de algún modo a nuestro servicio, cosa que, por cierto, hacen todos los animales de una u otra forma. Pero hay maneras y maneras de relacionarse con la naturaleza. Acabar con ella capturando o molestando las poblaciones animales salvajes, o disminuyendo o contaminando sus hábitats, es un crimen del que, aunque no lo parezca en un principio, los humanos como especie somos uno de los grandes perjudicados. Esto todo el mundo lo sabe y no hace falta ni decirlo. Pero llevar esta posición hasta el extremo de considerar que no deberíamos tener en nuestra casa, ni siquiera cuando está bien atendido, ningún animal no doméstico, creo que es desenfocar el objetivo.

Los seres humanos somos animales y siempre hemos sentido vinculaciones muy fuertes con otras especies, ya sea para matarlos y comerlos, para divertirnos con ellos haciéndolos sufrir, para explotarlos económicamente, para adorarlos como deidades religiosas o para convertirlos en símbolos, para hacer cultura y enriquecer nuestras vidas a propósito de ellos. El hecho de que “construyamos nuestra vida” -en parte- con los animales, no convierte cualquier trato con ellos en algo bueno, desde luego que no. Pero el hecho de que algunas formas de relación con ellos (los espectáculos taurinos, o la captura en la selva de especies de loros en peligro de extinción, por poner dos ejemplos) sean éticamente abominables, no las convierte a todas en malas. Hay que denunciar siempre lo que es un maltrato hacia un animal y tolerar lo que es un buen trato. Si además del buen trato dispensado hacia el animal resulta que vivir y relacionarse con él es una fuente de satisfacción, un recurso afectivo, un consuelo a la soledad, una salida al deseo de paternidad, o es causa de un enriquecimiento de la persona, entonces… ¡bienvenida sea la tenencia responsable de ese animal, aunque no sea doméstico! Ahora bien, aunque no sea un animal de naturaleza doméstica, si ha nacido en cautividad y ha sido criado a mano, se convertirá en un animal domesticado.

Los loros pueden adaptarse perfectamente al entorno humano

Y no negaremos la evidencia: es verdad que ese animal no doméstico está fuera de su hábitat natural, es verdad que no podrá desarrollar todas sus potencialidades naturales, pero si se adapta a las condiciones de vida de los humanos con facilidad y logra alcanzar en cautividad una vida física y psíquica digna o feliz, ¿dónde está el problema? Los loros pueden adaptarse perfectamente al entorno humano, pues poseen una inteligencia cercana a la de los primates más encefalizados: son animales afectivos, observadores y curiosos, pueden ser fácilmente socializados en un ambiente afectivo y alegre llevando una vida razonablemente feliz, cosa que resulta difícil saber si son capaces de conseguir las tortugas, iguanas, serpientes, hurones o mapaches. Es una diferencia fundamental.

Si a un loro no se le socializa, no se le deja salir de su jaula o no se le ofrecen los cuidados que requiere, por supuesto que no es aceptable tenerlo: ahí sí que hay que darle la razón a todas las críticas, incluso a las de esos detractores radicales que llegan en ocasiones a usar términos como «tortura», «esclavitud» o «cadena perpetua» para referirse a la cautividad y las condiciones en las que tenemos a los animales. ¿Tiene sentido, en definitiva, decir que los propietarios de loros mascotas incurren sin saberlo en una posición egoísta y antropocéntrica, dado su afán por poseer pequeñas muestras de “naturaleza salvaje” en sus hogares? Cuando planteo si es aceptable «tener un loro en casa» me estoy refiriendo exclusivamente a papagayos criados en cautividad; por su naturaleza no son animales domésticos, pero se pueden domesticar, razón por la cual no merecen ser calificados de “naturaleza salvaje”. Y en cuanto al egoísmo, los detractores sabrán de quiénes hablan cuando alientan la esperanza de que llegue un día en que los humanos no sintamos el impulso de interactuar cotidianamente con los animales. Desde luego, yo llego a pensar que quizá no hablan de los seres humanos, sino de una suerte de entelequia que habita en alguna imaginativa utopía. Algo que no debe ser de este mundo.

Autor: Francisco Lapuerta